Clásica y Ópera | Ópera
Jovánschina de Modest Mussorgski
Mussorgski es aquí tan soberbio como en Borís Godunov. Sobre todo donde describe al pueblo, su amado pueblo ruso, se eleva a una altura estremecedora. Sus descripciones son de una extraordinaria plasticidad. Un canto de amplio vuelo y lleno de expresión, tanto en lo trágico como en lo pasional, caracteriza esta ópera. La sensibilidad auténtica y profunda de Mussorgski expone cada frase, cada melodía, como si derramara su propia sangre. No pudo terminar esta obra.
Pieza musical popular en cinco actos. Libreto de Vladímir Stasov y Modest Mussorgski
Idioma original: Ruso.
Personajes: El príncipe Iván Jovanski (bajo); el príncipe Andréi Jovanski, su hijo (tenor); el príncipe Vasili Golytzin (tenor); el boyardo Shakloviti (barítono); Dosiféi, jefe de los ortodoxos (bajo); Marfa, una joven viuda (mezzosoprano); Emma, una joven del barrio alemán (soprano); un escribiente, ortodoxos, soldados, criadas, pueblo.
Lugar y época: Moscú, 1682.
Argumento: El preludio orquestal describe la salida del sol junto al río. Lentamente despierta la vida, primero en la naturaleza, luego en las calles de Moscú. Suenan campanas en la mañana resplandeciente, los primeros rayos de luz caen sobre las cúpulas doradas de las iglesias. Entonces se levanta el telón ante una escena popular. Los strelitzi, especie de guardia pretoriana creada hacia 1550 por Iván I y desde entonces en franca decadencia, alborotan como siempre y se burlan de los transeúntes. Shakloviti dicta a un escribiente callejero una carta al joven zar Pedro, en la cual le advierte de una conjura del poderoso príncipe Jovanski. Emma, una joven del barrio de los alemanes, huye de la persecución del príncipe Andréi. Marfa, que antes había sido la amante del joven príncipe, se acerca rápidamente. Pero aparece también el viejo príncipe y quiere tener a Emma para sí. El padre y el hijo se enfrentan como enemigos. Interviene el jefe de los ortodoxos, Dosiféi. Logra poner a Emma bajo la protección de Marfa.
En el palacio del príncipe Golytzin, el poderoso favorito de la hermanastra del zar, Marfa profetiza al jefe de la casa un futuro aciago. Éste piensa moverse en la dirección del viento, que parece favorecer con claridad cada vez mayor al zar. Entre él y el viejo príncipe Jovanski se produce un serio enfrentamiento. Una vez más aparece Dosiféi como conciliador. Marfa se refugia en él después de haber podido salir ilesa de un atentado criminal perpetrado por Golytzin. Entonces se llega a saber que el zar ha dado un golpe. Le ha quitado el poder a su hermanastra y rival, y ha desterrado a Siberia a Golytzin. El zar ha ordenado una investigación contra el príncipe Jovanski.
En el cuadro siguiente, Shakloviti se queja de la desunión y de las necesidades del pueblo ruso. En todas partes reina la discordia, los poderosos sólo piensan en sus privilegios. Los caballeros del zar persiguen a los strelitzi, que se dirigen hacia su jefe, el viejo príncipe Jovanski. Pero éste no puede hacer nada por ellos sin exponerse. Se retira a su palacio, donde sus esclavas persas lo entretienen con cantos y danzas. Aparece Shakloviti y le entrega una invitación del zar, que necesita su consejo. Jovanski no hace caso de las advertencias que poco antes le había hecho Golytzin y se pone en camino. Pero en el umbral de su propio palacio lo alcanza la daga de Shakloviti.
Andréi Jovanski, consumido siempre por la pasión que siente por Emma, quiere arrancarla con violencia de la protección de Marfa. Pero sus strelitzi ya no le obedecen, pues el zar les ha prometido la vida y la libertad. El nuevo régimen se dirige ante todo contra los ortodoxos; se les culpa de cerrarse al progreso a causa de su rígida adhesión al pasado. Dosiféi exhorta a sus correligionarios a morir libremente. En un bosque, cerca de Moscú, se ha erigido un enorme montón de leña, donde piensan morir cantando himnos religiosos. Marfa está con ellos. El joven príncipe Jovanski la ha seguido para apoderarse de Emma. Cuando ve que los caballeros del zar estrechan el círculo alrededor de los ortodoxos, se prepara para compartir su suerte.
Libreto: Más un libro de estampas que un drama. Estampas de la vida desenfrenada de la nobleza rusa, de la comunidad fanática de los «ortodoxos», de la lucha por el poder. El texto procede de Vladímir Stasov (1824-1906), ensayista musical, crítico y acérrimo defensor de la música «nacional»; fue uno de los puntales más importantes del «Grupo de los cinco» en la vida musical rusa. Mussorgski no se atuvo al texto de Stasov, sino que fue, como siempre, su propio libretista. Tenía el proyecto ideal de crear una auténtica ópera popular en que las escenas de masas y los grandes coros absorbieran buena parte de la acción. Si este libreto consigue gustarnos o no, es otro problema. Pero pasa a segundo plano ante la grandiosidad de la música.
Música: Mussorgski es aquí tan soberbio como en Borís Godunov. Sobre todo donde describe al pueblo, su amado pueblo ruso, se eleva a una altura estremecedora. Sus descripciones son de una extraordinaria plasticidad. Un canto de amplio vuelo y lleno de expresión, tanto en lo trágico como en lo pasional, caracteriza esta ópera. La sensibilidad auténtica y profunda de Mussorgski expone cada frase, cada melodía, como si derramara su propia sangre. No pudo terminar esta obra.
Historia: Mussorgski trabajó en 7ovánschina después de terminar Borís Godunov, desde 1872 hasta 1875, luego abandonó la partitura, pues su estado apenas le permitía trabajar regularmente. Mili Balakirev dirigió en 1879, en un concierto, algunos fragmentos de esta obra.
Después de la muerte de Mussorgski, un espíritu más sobrio (aunque de menor capacidad) se ocupó de estos bocetos: Rimski-Kórsakov. Cedámosle la palabra: «... Había muchas cosas que cambiar, algunas que quitar y muchas más que añadir. En los actos primero y segundo había cosas superfluas, incluso imposibles, que obstaculizaban el desarrollo escénico. En el acto quinto faltaba mucho, sólo estaba esbozado. El «coro de los ortodoxos», apoyado por sordas campanas, lo acompañó el autor de cuartas y quintas paralelas, muy bárbaras; tuve que modificar todo, lo que no fue trabajo fácil. En el coro final sólo estaba la melodía que L. J. Karmalina había dado a Mussorgski y que provenía de algún libro de cantos ortodoxos...». Esto puede ser suficiente, es muy instructivo. Rimski-Kórsakov, el conservador, que no comprende las innovaciones del revolucionario; el culto, que denomina «bárbara» una idea del primitivo; el profesional, que «suaviza» y tacha sin vacilar para hacer «representable» la obra; y sin embargo, un hombre de buena voluntad que amaba e incluso admiraba a su amigo, y que pasó todo el invierno de 1882-1883 ocupado en esas páginas.
En 1885, el Teatro Imperial de San Petersburgo rechazó la obra; al año siguiente la representó una sociedad privada. Por lo general, se considera su verdadero estreno la representación de San Petersburgo de 1911, cuando Fedor Chaliapin (en el papel del viejo príncipe Jovanski) cantó la ópera en el Teatro Imperial. En 1913 siguió la ópera de París, en 1924, como primer teatro alemán, Francfort del Meno, en 1926 la Scala de Milán; en 1928, Philadelphia.
Fuente: "Diccionario de la Ópera" de Kurt Pahlen
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